Ricardo Díaz Toro: 37 años siendo parte de la historia de Tiltil

Durante casi cuatro décadas recorrió los caminos de la comuna acompañando a miles de vecinos en algunos de los momentos más importantes de sus vidas. Responsable, cercano y siempre dispuesto a aprender, Ricardo Díaz deja el Hospital Comunitario de Tiltil como uno de sus funcionarios más queridos y con la tranquilidad del deber cumplido.

Mucho antes de vestir el uniforme del Hospital Comunitario de Tiltil, ya conocía a gran parte de la comunidad. Creció en las calles de la población La Isla, en un Tiltil donde las puertas permanecían abiertas y los vecinos se conocían por su nombre. Esa cercanía marcaría para siempre su forma de entender la vida.

En noviembre de 1988 ingresó al hospital como conductor de ambulancia. Lo que comenzó como una oportunidad laboral terminó convirtiéndose en una vocación que lo acompañó durante 37 años. En ese tiempo fue testigo de la transformación del establecimiento, de los cambios en la salud pública y de la evolución de una institución que nunca dejó de crecer.

Quienes compartieron con él destacan su responsabilidad, su puntualidad y su permanente interés por aprender. Nunca vio los cambios como una amenaza; por el contrario, entendió que cada nueva ambulancia, cada capacitación y cada avance tecnológico significaban una mejor atención para los pacientes. Esa forma de mirar el servicio público, heredada de los valores que le inculcaron sus padres, lo convirtió en un referente para varias generaciones de funcionarios.

Pero, por sobre todo, Ricardo será recordado por su calidad humana. Para muchos fue simplemente el “Ricky”, el “Papi Ricky” o el “Richy”: el compañero de buen humor, siempre dispuesto a ayudar, con una historia que contar y una sonrisa capaz de aliviar incluso las jornadas más difíciles.

Conversamos con él para recorrer los recuerdos, aprendizajes y emociones de una vida dedicada al Hospital Comunitario de Tiltil y a su comunidad.

Ricardo, partamos por el principio. ¿Cómo recuerda su infancia aquí en Tiltil y qué significó crecer en esta comuna?

Llegué a Tiltil en el año 1965, siendo muy niño, poco antes del terremoto. Mi infancia la viví en la población La Isla, en la calle José Manuel Aguilar, conocidos en el pueblo como “los Lucchetti” donde compartíamos todos los días con los niños del barrio. Recuerdo con mucho cariño a las familias Arroyo, Salinas y Cejas y Pérez, con quienes crecimos jugando en la calle y formando grandes amistades.

Estudié en la antigua Escuela N.° 202 y fue ahí donde comencé a conocer a los vecinos y a las familias que dieron vida a esta comuna. Crecer en Tiltil significó sentirme parte de una gran comunidad; aquí aprendí el valor de la cercanía, del respeto por los demás y del cariño entre vecinos.

¿Qué valores le inculcaron sus padres y de qué manera cree que esos principios lo han acompañado durante toda su vida?

Mis padres Lucila Toro y Hector Díaz (El Lucchetti), me enseñaron valores que han guiado toda mi vida: la responsabilidad, el respeto, la solidaridad y la empatía. Ellos me enseñaron que siempre hay que tratar a las personas con dignidad y estar dispuesto a ayudar cuando alguien lo necesita.

Esos principios me han acompañado siempre. Han sido la base de mi forma de trabajar y de relacionarme con las personas durante todos estos años de servicio.

Usted es una persona muy querida por la comunidad. ¿Cómo nació esa cercanía con la gente y qué significa para usted que los vecinos lo reconozcan con tanto cariño?

Mi cercanía con la comunidad comenzó desde muy joven, cuando trabajé en la Escuela La Merced, y se fortaleció aún más cuando ingresé al Hospital Comunitario de Tiltil. Al trasladar pacientes entendí que detrás de cada viaje había una persona que necesitaba apoyo, comprensión y, muchas veces, una palabra de aliento.

Que los vecinos me reconozcan con cariño es algo que me llena de alegría y orgullo. Significa que el trabajo realizado durante todos estos años fue valorado y que pude servir a mi comunidad con respeto. Ese cariño es uno de los regalos más grandes que me deja mi vida laboral.

¿Cómo llegó a trabajar al Hospital Comunitario de Tiltil como conductor de ambulancia y qué recuerda de esos primeros días?

Llegué al hospital luego de participar en un concurso que se realizó en el Servicio de Salud en Maruri. Tuve la alegría de ser seleccionado y comencé a trabajar en el turno de día de la Urgencia, un 1 de noviembre de 1988, junto a Clara Laferte, Bernardita Díaz y mi gran amigo Luis Farías.

Ellos me recibieron con mucho cariño y generosidad, compartiendo su experiencia y enseñándome el valor del servicio público. Recuerdo con emoción que mi primer traslado fue hacia la antigua Maternidad del Hospital San José.

Ha sido testigo de varias generaciones de funcionarios y de vecinos. ¿Cómo era el hospital cuando usted ingresó y cuáles cree que han sido los cambios más importantes que ha visto con el paso de los años?

Cuando ingresé, el hospital era mucho más pequeño. Contaba prácticamente con una sola ala y disponía de menos servicios e infraestructura que la que conocemos hoy.

Con el paso de los años he sido testigo de un crecimiento muy importante: se construyeron nuevos box de atención, se renovó dental, se fortalecieron la farmacia y Rayos X, se implementó una moderna sala de rehabilitación, se mejoró la unidad de movilización con nuevas ambulancias y residencias para los conductores, e incluso se habilitó una sala cuna para los hijos de los funcionarios.

Ver esa evolución ha sido muy gratificante, porque demuestra cómo nuestro hospital ha crecido para entregar una mejor atención a toda la comunidad de Tiltil.

Como conductor de ambulancia le tocó acompañar a muchas personas en momentos difíciles, de incertidumbre e incluso de esperanza. ¿Qué le enseñó ese trabajo, tanto en lo personal como en lo profesional?

Ser conductor de ambulancia me enseñó, antes que todo, a comprender el dolor de las personas. Aprendí a ser empático, a brindar apoyo y una palabra de aliento cuando más la necesitaban. Muchas veces un gesto de respeto, una conversación o simplemente acompañar en silencio hacía una gran diferencia para quienes iban atravesando un momento difícil.

En lo profesional, me enseñó que esta labor requiere una verdadera vocación de servicio. Por eso siempre procuré capacitarme en los cursos que nos entregaba el Hospital para entregar una mejor atención.

Después de tantos años de servicio, resulta imposible resumir una trayectoria únicamente con fechas o cifras. Detrás de cada traslado hubo personas, familias y experiencias que fueron dejando huellas profundas.

 Hubo momentos de alegría, como los nacimientos que le tocó asistir; otros estuvieron cargados de humor, demostrando que incluso en una ambulancia siempre había espacio para una sonrisa. Pero también enfrentó emergencias que marcaron para siempre su memoria y le recordaron el enorme peso de una profesión en la que muchas veces los pacientes no eran desconocidos, sino vecinos, amigos o personas con las que había compartido toda una vida.

 Al pedirle que mire hacia atrás, Ricardo recuerda con la misma claridad los momentos felices y aquellos que nunca podrá olvidar.

Mirando toda su trayectoria, ¿hay algún momento, experiencia o anécdota que considere el más significativo de su carrera y que nunca olvidará?

Hay muchas experiencias que marcaron mi vida, pero una de las más importantes fue asistir, completamente solo, el nacimiento de un bebé desde el Llano de Caleu al Hospital como en 1992 aprox. Ese fue el primero de siete partos que me tocó recibir durante mi carrera y jamás lo olvidaré.

También recuerdo con mucho cariño algunas anécdotas que muestran el lado humano de este trabajo. En una ocasión trasladábamos a una mujer embarazada y, cuando el bebé comenzó a nacer, le pedí al padre un pañal bambino para envolverlo. Él, muy nervioso, me pasó un pañal desechable. La mamá, entre risas, le dijo: "¡Es para abrigarlo, no para mudarlo!". A pesar del momento de tensión, todos terminamos riéndonos.

Otra anécdota ocurrió cuando trasladaba a un paciente amputado. Al detenerme para cargar un equipo dental, abrí la puerta de la ambulancia y le dije: "Levante los pies, por favor". Él, con mucho sentido del humor, me respondió: "¿Cómo los voy a levantar si no tengo piernas?". Ambos nos reímos y seguimos el viaje. Son momentos que demuestran que incluso en circunstancias difíciles siempre hay espacio para una sonrisa.

Pero también hubo experiencias muy duras. Una de las que más me marcó fue el grave accidente del bus ocurrido en la cuesta La Dormida, cuando recién llevaba poco tiempo trabajando. Fui el primero en llegar al lugar y me encontré con una escena muy impactante, con numerosos fallecidos y heridos. Gracias al apoyo de los vecinos pude comenzar las primeras acciones y comunicar por radio la magnitud de la emergencia para solicitar ayuda. Poco después llegaron más ambulancias, el helicóptero y los equipos especializados.

Sin embargo, esa fue solo una de las muchas experiencias que me marcaron. En 37 años hubo innumerables urgencias, accidentes y situaciones dolorosas que permanecen en mi memoria. Quizás lo más difícil de trabajar en un hospital de una comuna como Tiltil es que muchas veces no atiendes a desconocidos: atiendes a vecinos, vecinas, amigos, personas con las que creciste o a sus familias. Ver partir a alguien conocido es una experiencia que deja una huella muy profunda y que uno lleva para siempre.

Después de tantos años al servicio de la comunidad, ¿Qué siente que fue el mayor aporte que pudo entregar a los vecinos y vecinas de Tiltil?

Creo que mi mayor aporte fue haber entregado siempre un servicio con respeto, empatía y compromiso. Siempre procuré representar de la mejor manera al Hospital Comunitario de Tiltil, tratando a cada persona con dignidad y brindándole apoyo cuando más lo necesitaba. Mi mayor satisfacción es saber que hice mi trabajo con vocación y pensando siempre en el bienestar de la comunidad.

Con el paso de los años, Ricardo se transformó en mucho más que un funcionario con una extensa trayectoria. Su experiencia, su disposición permanente para aprender y la cercanía con la que siempre trató a las personas hicieron que varias generaciones de funcionarios encontraran en él un ejemplo de compromiso y servicio público.

 Nunca necesitó grandes discursos para enseñar. Lo hizo con el ejemplo, demostrando que la empatía, el respeto y el compromiso diario son valores que trascienden cualquier cargo.

 Hoy, mientras se despide de una etapa que ocupó gran parte de su vida, su mayor satisfacción no está en los años cumplidos, sino en el cariño de la comunidad y en la certeza de haber entregado siempre lo mejor de sí.

Los funcionarios más antiguos suelen transformarse en un referente para quienes llegan. ¿Qué consejo les daría a las nuevas generaciones que hoy comienzan su camino en el Hospital Comunitario de Tiltil?

Les diría que nunca pierdan la empatía. Que reciban a cada paciente con respeto, con una sonrisa y con disposición para ayudar. Que comprendan que detrás de cada atención hay una persona que muchas veces llega con miedo o con dolor.

También les aconsejaría ser leales con sus equipos de trabajo, mantener una buena relación con sus compañeros y jefaturas, trabajar con alegría y contribuir a que nuestro hospital siga siendo un lugar cercano y acogedor para toda la comunidad.

Hoy comienza a cerrar una etapa muy importante. ¿Qué siente al mirar el hospital al que llegó hace tantos años y compararlo con el hospital del que hoy se despide?

Cuando llegué, el hospital era muy pequeño. Éramos alrededor de veinte funcionarios y nos conocíamos todos. Se vivía un ambiente muy familiar, de mucho compañerismo, donde cada emergencia se enfrentaba entre todos.

Hoy veo un hospital completamente distinto. Ha crecido en infraestructura, en tecnología y en recursos humanos. Contamos con nuevos servicios, mejores ambulancias y muchos otros avances que permiten entregar una atención de mucha mayor calidad. Me voy con la satisfacción de haber sido parte de ese crecimiento.

¿Qué es lo que más va a extrañar de su trabajo diario, de la ambulancia y de las personas con quienes compartió tantos años?

Lo que más voy a extrañar será, sin duda, a mis compañeros de trabajo. Durante tantos años compartimos alegrías, momentos difíciles, turnos interminables y muchas experiencias que nos unieron como una gran familia.

También voy a extrañar la ambulancia, porque fue parte de mi vida durante casi cuatro décadas. El hospital fue mi segundo hogar, un lugar donde crecí como persona y como funcionario, y donde tuve el privilegio de servir a la comunidad que tanto quiero.

Finalmente, Ricardo, ¿qué mensaje le gustaría dejar a sus compañeros de trabajo y a toda la comunidad de Tiltil, que durante tantos años depositó su confianza en usted y en el equipo de salud?

A mis compañeros les quisiera decir que sigan atendiendo a cada paciente con empatía, respeto y buen trato, comprendiendo que detrás de cada atención hay una persona que muchas veces atraviesa momentos difíciles. Los invito a seguir trabajando unidos, representando con orgullo a nuestro Hospital Comunitario de Tiltil y comprometiéndose con los desafíos que vienen, especialmente con el proceso de la tercera acreditación en calidad, porque ese esfuerzo se traduce en una mejor atención para toda nuestra comunidad.

Asimismo, quiero expresar mis agradecimientos a mi Tiltil. Gracias por el cariño, el respeto y la confianza que me entregaron durante todos estos años de servicio. Me siento profundamente agradecido por haber tenido el privilegio de servir a mis vecinos y acompañarlos en distintos momentos de sus vidas.

También quisiera invitarlos a seguir cuidando este hospital, que es de todos. Les pido que continúen tratando con respeto a quienes trabajan aquí y que, cuando sientan que algo puede mejorar, comenten sus inquietudes para juntos mejorar nuestro hospital.

Las instituciones cambian. Crecen, incorporan nuevas tecnologías y reciben a nuevas generaciones de funcionarios. Sin embargo, hay personas cuya huella permanece mucho más allá de los años que estuvieron en ellas.

Porque más allá de los uniformes, los turnos o las emergencias, don Ricardo —el “Ricky”, el “Papi Ricky”, el “Richy” para tantos— deja el ejemplo de que el servicio público no se mide por los años trabajados, sino por la forma en que una persona decide estar al servicio de los demás.

Al terminar esta conversación, no pude evitar quedarme pensando en algo. En comunas como Tiltil, donde la ruralidad todavía conserva el valor de conocernos, de saludarnos por el nombre y de compartir una historia común, hay personas que trascienden el trabajo que desempeñan. Son hombres y mujeres que, casi sin darse cuenta, pasan a formar parte de la identidad de un pueblo.

Creo que don Ricardo es uno de ellos. No solo por sus 37 años de servicio, sino porque hizo del respeto, la cercanía y la responsabilidad una forma de vivir. Es de esos tiltilanos que no necesitan monumentos para ser recordados, porque su historia queda escrita en la memoria de la gente. De esos que, cuando algún día alguien escriba el gran libro de la historia de Tiltil, tendrán asegurada una de sus páginas.

Y quizás ese sea el reconocimiento más valioso que una persona puede recibir: saber que su paso por esta vida no se mide únicamente por el tiempo que estuvo, sino por la huella que dejó en los demás.

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