Ramón Naranjo: “La vocación por ayudar a la gente es lo que mis padres me enseñaron”

Hay personas cuya historia laboral no puede resumirse en una fecha de ingreso y otra de salida. Detrás de cada turno, de cada procedimiento y de cada jornada, existen experiencias que van moldeando una forma muy particular de entender el servicio público.
Conversar con Ramón Naranjo es recorrer décadas de historias que hablan de compromiso, de humanidad y de una vocación que nunca pareció limitarse a cumplir una función. Más que recordar su trayectoria, revive una parte importante de la historia de nuestro hospital y de las personas que encontró en el camino.
Durante más de dos décadas, Ramón Naranjo recorrió los caminos de Tiltil al volante de una ambulancia. Acompañó emergencias, accidentes, nacimientos y también algunos de los momentos más difíciles que ha vivido la comunidad.
Su historia está marcada por la vocación de servicio, el trabajo en equipo y una profunda convicción: ayudar a los demás, dentro o fuera del uniforme. Hoy, al cerrar su etapa laboral en el Hospital Comunitario de Tiltil, repasa los aprendizajes de toda una vida y las experiencias que dejaron huella en su camino.
Ramón, cuéntenos un poco sobre sus orígenes. ¿Dónde nació y cómo recuerda su infancia?
Nací en Santiago, en el Hospital José Joaquín Aguirre, un lunes 6 de junio de 1960. Mi infancia fue muy hermosa, llena de aventuras y rodeada de cariño junto a mi madre y mi hermana.
Recuerdo que mi padre me llevaba a trabajar con él a la mina cuando yo tenía apenas dos años, y desde muy pequeño fui aprendiendo lo que él hacía. Son recuerdos muy importantes que me acompañan hasta hoy.
¿Qué enseñanzas le dejaron sus padres y cómo influyeron en la persona que es actualmente?
Me dejaron muchas enseñanzas que me sirven en el diario vivir y que mantengo hasta el día de hoy. Siempre he sido respetuoso, trabajador y dedicado a mi familia, tal como ellos lo hicieron conmigo.
Lo que soy hoy es gracias a los valores que mis padres me inculcaron, y esos valores me acompañarán hasta el último día de mi vida.

Antes de llegar al Hospital Comunitario de Tiltil, usted ya tenía experiencia en rescate y traslado de pacientes. ¿Cómo nació esa vocación por la salud?
Me inicié trabajando en operaciones de invierno en la alta cordillera, en la Compañía Minera Disputada de Las Condes. En esos años me tocó participar en un rescate producto de una avalancha cercana a un servicentro, donde quedaron personas atrapadas.
También trabajé en Fundición Chagres, donde me correspondió trasladar al gerente general hasta la Clínica Las Condes. Después de ese traslado me ofrecieron trabajo en la clínica y allí recibí diversos cursos de rescate y preparación para desempeñarme en el área de urgencia.
Posteriormente trabajé en Consalud, en la Posta Ariztía, en rescate de autopistas y en distintas empresas recorriendo el país de norte a sur como encargado de policlínicos, paramédico práctico y conductor de ambulancia.
¿Cómo llegó al Hospital Comunitario de Tiltil y qué recuerda de aquellos primeros años?
Llegué el año 2003 para realizar un reemplazo de vacaciones de un compañero, mientras trabajaba como chofer en otra entidad de salud en Las Condes.
Recuerdo que existía una muy buena relación de trabajo con los demás compañeros. En esos años trabajábamos en una ambulancia Toyota junto a personas como Marina Grandón, Sara Escobar, Clara Laferte, Bernarda Salinas, Isa Donoso, Eduardo Grandón y muchos otros funcionarios con quienes compartimos durante años.
Aprendí mucho de ellos y también hicieron que mi permanencia en el hospital fuera mucho más grata.

A medida que avanza la conversación, resulta inevitable notar que cada recuerdo sigue teniendo la misma intensidad con la que fue vivido. No habla sólo de procedimientos o de momentos difíciles; habla de personas. De rostros, de familias y de experiencias que, pese al paso del tiempo, continúan presentes en su memoria.
Es ahí donde uno comprende que hay quienes desempeñan un cargo y otros que realmente lo habitan. En sus palabras no hay distancia con el pasado, sino el reflejo de una vida profesional construida desde la empatía y la convicción de que cuidar a los demás siempre fue mucho más que un trabajo.
Como conductor de ambulancia le correspondió enfrentar situaciones muy complejas. ¿Qué experiencias marcaron especialmente su trayectoria?
Una de las situaciones que más recuerdo fue el accidente ocurrido en el sector La Ramayana, en la Cuesta La Dormida, donde un bus con 33 personas —entre adultos, niños y embarazadas— se desbarrancó.
Era un lugar donde prácticamente no existían comunicaciones y yo portaba un teléfono satelital de maleta, con el cual pude contactar a Carabineros para dar aviso del accidente.
Llegaron equipos desde Olmué, Limache y Quillota. Lamentablemente hubo una persona fallecida. La experiencia que había adquirido en la Clínica Las Condes me ayudó mucho a desempeñarme durante esa emergencia.
A lo largo de estos años trasladó a miles de vecinos y vecinas. ¿Qué siente al mirar hacia atrás?
Siento satisfacción por el deber cumplido.
Especialmente durante la pandemia, cuando trasladábamos pacientes a Santiago y sus familiares se despedían sin saber si volverían a estar juntos. Algunos de ellos no regresaron.
Fueron momentos muy dolorosos y de mucha impotencia frente al estado grave de algunos pacientes. Pero al mirar hacia atrás también siento felicidad por haber cumplido con mi trabajo y haber aportado con un granito de arena durante una pandemia tan difícil.
Entre tantos recuerdos, ¿hay alguna experiencia que guarde con especial cariño?
La experiencia que más cariño me produce fue haber trasladado a mi nieta, Julieta Amparo Valenzuela Naranjo.
Ella nació en la ambulancia cuando nos encontrábamos en la intersección de Avenida Independencia con Zañartu, a solo un minuto de la urgencia de maternidad del Hospital San José.
Cuando llegamos, el personal preguntó si conocía a la paciente y respondí: “Sí, es mi hija”.
Junto a mis compañeras, la enfermera Paloma y la técnico Isabel Alarcón, vivimos ese momento tan especial.
Siento un enorme orgullo de que mi nieta haya nacido en la ambulancia en la que yo la trasladé. Es una experiencia que me marcó para siempre y que además me permitió tenerla en mis brazos apenas nació.

¿Hay algún logro o experiencia que le produzca un orgullo especial?
Creo que uno de los aspectos más importantes ha sido ayudar a los demás, tanto dentro como fuera del trabajo.
Recuerdo a una familia argentina que viajaba por la Ruta 5 y cuya esposa sufrió un infarto. Pudimos trasladarla en la ambulancia junto con otros pacientes al Hospital San José, donde permaneció hospitalizada por más de un mes.
También recuerdo haber rescatado a un profesor del Colegio Nido de Águilas que se volcó en el puente Santa Laura y cayó hacia una quebrada. Afortunadamente solo resultó con algunas lesiones menores y pude contactar a su familia para que vinieran a buscarlo a Tiltil.
¿Qué es lo que más va a extrañar de esta etapa?
Voy a extrañar mucho compartir con mis compañeros y también la adrenalina que se genera cuando ocurren las emergencias.
Son muchos los buenos momentos que vivimos juntos durante todos estos años.
Si tuviera que resumir toda su carrera en una palabra o una frase, ¿cuál sería?
Vocación por el servicio público y ayudar a la gente.
Eso es lo que mis padres me enseñaron: hacer el bien sin mirar a quién.
Al cerrar este ciclo laboral, ¿qué emociones lo acompañan?
Es difícil expresarlo porque son muchos sentimientos.
Siento alegría y orgullo por haber pertenecido al Hospital Comunitario de Tiltil. Esta nueva etapa la imagino junto a mi familia, acompañado de mi esposa, disfrutando de mis nietos y continuando con nuestro emprendimiento familiar.

Finalmente, ¿qué mensaje le gustaría dejar a sus compañeros y a la comunidad de Tiltil?
A mis compañeros les diría que se sientan orgullosos del trabajo que realizan, aunque muchas veces no sea completamente comprendido.
Y a la comunidad le pediría que valoremos el hospital que tenemos. Es un hospital que ha ido creciendo y que ya no es el mismo que recordamos años atrás.
Todo esto se ha hecho para entregar una mejor atención y espero que sigan confiando en nuestro personal de salud, que día a día trabaja siguiendo los protocolos y entregando lo mejor de sí.
También quiero agradecer a cada vecino y vecina que durante tantos años confió en mi trabajo y en los traslados que me tocó realizar.
Al terminar esta conversación con Don Ramon, queda la sensación de haber conocido mucho más que una trayectoria laboral. Queda el testimonio de una persona que entendió que cada acción, por pequeña que pareciera, podía marcar la diferencia en la vida de alguien.
Las instituciones cambian, las generaciones se renuevan y los cargos encuentran nuevos nombres. Sin embargo, existen personas cuyo legado permanece porque dejan algo que trasciende cualquier función: la certeza de que ejercieron su profesión con humanidad, respeto y una profunda vocación de servicio. Y esa es, probablemente, la huella más difícil de reemplazar.
