Pamela Ogalde: 24 años de vocación y cercanía con la comunidad de Tiltil

Hay personas que pasan por una institución cumpliendo una función. Y hay otras que, con el tiempo, se transforman en parte de su historia.

Pamela Ogalde es una de ellas.

Durante 24 años fue un rostro cercano para cientos de vecinos y vecinas de Tiltil que llegaron hasta el Hospital Comunitario buscando orientación, una hora médica o simplemente una palabra de apoyo en momentos difíciles. Su historia con este lugar comenzó de una manera particular, casi inesperada, en un vínculo que con los años se transformaría en una vida dedicada al servicio de la comunidad.

Nos encontramos en el hospital. Mientras conversamos, recorremos distintos espacios que han sido parte de su historia. Cada lugar parece tener algo que contar.

¿Cómo fue crecer en Tiltil y qué recuerdos tiene de su infancia?

Mi infancia fue muy feliz junto a mi familia materna, regalona de mis tías y mis abuelos. Estudié en la Escuela La Merced, donde recibí muy buena educación y valores como el respeto, la empatía, el ayudar al más necesitado, la oración y la fe en Dios, quien es el que nos soluciona todo lo que le pedimos desde el corazón.

Mi madre, peluquera, entonces tuve la oportunidad de conocer muchas familias y sentir que nos querían, y hasta el día de hoy la recuerdan con cariño. Además, ella trabajó mucho tiempo en la iglesia, y eso crea vínculos que, a pesar del tiempo, están presentes siempre y que te entrelazan con la comunidad.

También hubo tiempos difíciles. Vino el golpe militar, y es ahí donde tú te das cuenta quiénes son los que están contigo, independiente de tu color político. Creo que eso nos ayudó mucho a valorar lo que teníamos y siempre esforzarnos por ser mejores personas y estar dispuestos a compartir lo que teníamos con los vecinos o con quienes sabíamos no tenían recursos y tenían más niños.

Siempre en la adversidad hay esperanza, y eso como familia no nos faltó. La fe en que todo iba a ir mejorando nos ayudó mucho. Que mi madre estuviera en la iglesia también fue un vínculo muy hermoso. En mi casa siempre había algo para compartir: un postre, una once preparada con cariño cuando llegaban sacerdotes o personas que ayudaban a la comunidad.

Su llegada al hospital fue bastante particular. ¿Cómo comenzó ese vínculo?

Mi llegada fue muy fortuita. Yo estudié en Santiago mi enseñanza media en un colegio mercedario (María Cervellón) y luego seguí mis estudios y mi trabajo en Santiago. Viajaba todos los días porque acá no había trabajo. Así es que, como viajaba desde los 12 años, no me fue difícil: en tren, en bus, luego en van, y así transcurrieron los años.

Estuve dos años viviendo en Quilicura. Arrendaba una casa con mi familia, pero fue complicado porque no conocíamos a muchas personas y era difícil conseguir una cuidadora. Luego regresamos a Til Til, porque nos salió la casa justo detrás del hospital.

Mi nana, que en ese tiempo cuidaba a mi hija menor, tuvo un accidente, y por eso yo tuve que tomar licencia médica para poder cuidarla. En ese periodo comencé a vender en el hospital: pie, chaparritas, tortillas, pizza. Una amiga me ayudaba vendiéndolas, y como ella misma decía, yo me los había ganado “por el estómago”.

Hasta que un día me pidieron mi currículum. Lo traje y, a las dos semanas, me llamaron. El director me entrevistó y me dijo: “comienza el lunes”, un 16 de diciembre de 2002. Ahí comencé siendo secretaria del director.

Hablé nuevamente con mi nana, que ya estaba mejor, y comenzó a cuidar a mi hija medio día. El otro medio día la cuidaba su papá, o yo la llevaba conmigo a la dirección del hospital. En ese tiempo no había sala cuna, así es que trabajé con mi hija en la oficina, pero con el tiempo todo fue mejorando.

¿Imaginó que se quedaría tantos años en el hospital?

No, creo que nunca me imaginé que me quedaría 24 años trabajando, pero con el tiempo comprendí que por algo había llegado a este lugar.

Me di cuenta de lo difícil que era gestionar horas, y solo nos daban pocas. Las personas venían a preguntar por sus derivaciones, y la oferta de horas médicas desde el San José era muy poca. Enviaban una agenda y el doctor indicaba, por diagnóstico clínico, quién era el más urgente.

Se me ocurrió ir al HSJ a pedir más horas. Escribimos una carta con el director y fui al SOME, pero no tuve buena recepción. Tuvimos que esperar casi un año para que cambiara la jefatura del SOME e intentarlo nuevamente. Fue ahí donde encontré acogida y todo comenzó a mejorar.

Mientras seguimos conversando, vamos recorriendo distintos espacios del hospital. Aprovechamos también de tomar algunas fotografías.

En los pasillos, en el casino, en los espacios exteriores. En cada lugar aparece alguien que la saluda con cariño: compañeros, funcionarios, personas que se acercan a despedirse o simplemente a agradecerle.

Nos detenemos bajo la sombra del añoso algarrobo para continuar la conversación. El hospital sigue su ritmo, pero el momento invita a la pausa.

¿Qué ha significado para usted ayudar a tantas personas?

Siempre he sido una creyente de que todo lo que uno canaliza en positivo y con la ayuda de Dios fluye de una forma impresionante.

Mi labor se convirtió en ser una gestora de horas médicas, controles y exámenes. Iba un día al San José muy temprano y, junto con el doctor, veíamos las derivaciones más urgentes. Esas las presentaba y conseguía la hora médica o el examen.

Ahí conocí la mayoría de los policlínicos y comencé a crear lazos que hasta el día de hoy mantengo. El conocer a tu referente y tener una buena relación con ellos fue fundamental para conseguir horas para nuestros pacientes, que tienen un nivel socioeconómico bajo y hacen un gran esfuerzo y asistían con compromiso a sus horas. Eso validó en el tiempo que nuestros usuarios sí eran responsables y necesitan su atención.

¿Qué sentía cuando lograba ayudar a alguien?

Mi mirada en mi vida, tanto profesional como personal, ha sido que si alguien llega con un problema y tú puedes ayudarlo o darle alternativas en las cuales pueda solucionar en parte su patología, no lo he dudado nunca.

Siempre hay una posibilidad para todos, solo hay que tener fe en Dios y Él increíblemente te ayuda. Y así tú puedes, si bien no solucionar el problema por completo, darle un respiro o una solución. Eso se agradece.

¿Cómo describe el vínculo que construyó con la comunidad?

Creo que los vínculos se generan primero desde tu familia, quien te define en esta sociedad. Siempre te preguntan quién es tu mamá o tu papá, y desde allí es la recepción o la confianza que las personas te van a tener.

Mi madre fue una mujer que trabajó en la iglesia y yo siempre andaba con ella. Eso te da un nexo con la comunidad y, a pesar de no haber trabajado nunca en Til Til, todos sabían de quién era hija y yo igual sentía que debía ayudarlos.

Me daba pena no poder tener mayores recursos, pero aprendí que todo es posible. Lo único que no podemos hacer es detener la muerte, pero el resto, con esfuerzo, cariño y ganas, se puede lograr.

¿Hay alguna historia que la haya marcado?

Ha habido pacientes o familiares de funcionarios que han vivido en otros lugares y que, cuando me lo comentaban, yo veía una mejor opción para ellos.

Hubo un paciente que me dijo: “yo vendo mi casa para mejorarme”, y yo dije: “no, nosotros lo vamos a ayudar”. Él estaba muy angustiado porque tenía un cáncer y no le habían dado mucho tiempo de vida.

Gestionamos horas médicas, exámenes y el ingreso en forma oportuna, y no vendió su casa. Si bien no fueron muchos más los años que vivió, tuvo la oportunidad de estar más tiempo con su familia y valorarla como correspondía.

Así también he ayudado a muchos pacientes en forma anónima, sin que nadie se enterara, porque cuando tú ayudas en silencio, Dios te da más oportunidades de solucionarles sus problemas.

¿Cómo ha visto cambiar el hospital?

Ha habido cosas muy positivas, como el crecimiento en infraestructura y equipamiento para poder atender mejor a la comunidad. Han sido logros importantes.

Pero también siento que se ha ido perdiendo un poco la humanidad y la comunicación, tanto entre los funcionarios como con los pacientes.

Solo agradecer a Dios primero por todo este tiempo en el hospital, y también a los pacientes por su confianza, y a mis compañeros por todo el cariño y confianza que me han regalado todos estos años, a pesar de que a veces hemos tenido diferencias, pero todas subsanables en el tiempo.

A la comunidad de funcionarios les regalo la humildad, la empatía y el amor por la vida, y que sean agradecidos con lo que tienen, sobre todo estar cerca de sus familias.

¿Qué significa para usted que este sea un hospital comunitario?

Siento que hay ocasiones en que nos falta ver al paciente en un contexto más completo, no solo de patologías.

Muchas veces salen del box y no entienden nada de lo que le pidieron o le dijeron, y llegan a nuestra oficina sin entender nada. Creo que los profesionales, en general, tienen muy poco tiempo para asistirlos porque el sistema nos exige números, pero lamentablemente las personas no son indicadores.

A veces tomarse un poco más de tiempo les da la confianza y comprenden mejor las cosas. Y sí, somos comunitarios porque trabajamos siempre con los mismos pacientes y sabemos y conocemos sus redes familiares. Es allí donde hay que comenzar a trabajar más y mejorar su vida.

¿Qué mensaje le deja a las nuevas generaciones?

Siento que las nuevas generaciones no se involucran mucho con los pacientes. Es fácil decir “tiene que esperar que lo llamen” y no ven el trasfondo de lo que esa persona siente o vive.

Eso me preocupa mucho y me da pena que sea así, porque yo no tengo una familia acá y mi concepto de vida es ponerse en el lugar del otro y ver cómo lo puedo ayudar, a veces solo con escucharlo o darle un consejo o buscar una alternativa de atención médica o cirugía.

Pero confío en Dios que alguien de mi unidad siga ayudándolos de alguna forma.

¿Qué es lo más valioso que se lleva de estos años?

Lo más valioso que me llevo es lo importante que es dejar las diferencias de lado. Los comentarios mal intencionados, el hablar mal del otro, no aportan en nada a tu vida.

En cambio, el tener una buena jefatura que te apoye, te escuche y que eso te permita trabajar en equipo, da buenos frutos. Y al final del día sientes que, a pesar de todo, lograste sacar un trabajo o ayudaste a un paciente o varios, pero fue el esfuerzo de todos.

De los pacientes me llevo su cariño, su confianza y muchas veces sus regalos o atenciones que, por pequeñas que hayan sido, fueron un estímulo para nosotras como unidad.

¿Qué le diría a los nuevos funcionarios?

A los nuevos funcionarios, que siempre piensen que ese paciente puede ser un familiar y que ellos necesitan lo mejor de lo nuestro, tanto en lo clínico como en lo humano, porque ellos no llegan al hospital porque les gusta venir, sino porque necesitan de una atención de calidad y humana.

¿Y a la comunidad?

Como dije anteriormente, solo darles las gracias por su confianza. Que siempre hay que buscar alternativas, no bajar los brazos.

La vida es solo un instante, disfrútenla con su familia, salgan de paseo, tengan hijos y también mascotas, compartan con quien más puedan y ayuden sin mirar ni raza, color, partido político ni religión.

Así, desde el cielo, Dios estará a su lado. No vinimos a este mundo a juzgar a nadie ni estamos libres de pecado, solo colocarse en el lugar del otro y ser felices cada día que despertamos.

Creo también que la mayor enfermedad que hoy día tenemos los funcionarios públicos son los celulares y el internet. Siento que se ha perdido el compartir, el reír, el conversar.

Antes uno entraba a una estancia y todos hablaban y se sentía una vibración humana. Hoy entras y solo ves personas pegadas en pantallas.

Recuperen lo perdido, darse el tiempo de compartir y conversar nos vuelve a ser humanos.

 

El hospital sigue su ritmo habitual. Las personas entran y salen, las atenciones continúan, la vida sigue. Pero hay historias que quedan.

Después de 24 años, Pamela Ogalde se despide dejando mucho más que una trayectoria laboral. Deja una forma de hacer las cosas, una manera de entender el servicio público y un vínculo profundo con la comunidad de Tiltil.

Porque hay personas que no solo cumplen un rol, sino que representan lo que significa un hospital comunitario.

Y en ese camino, su huella queda —en los pasillos, en las conversaciones, y en la memoria de quienes, alguna vez, encontraron en ella una ayuda cuando más lo necesitaban.

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